Juventud e imaginario de la des-materialización

 La Federación de Estudiantes surge en 1906 por motivos éticos. Nació -como dice un cronista de la época- por un "gesto de dignidad herida"(26). En 1905 un grupo importante de estudiantes de medicina fueron a Valparaíso a ayudar a combatir una epidemia de viruela. A mediados de 1906 se les rindió un homenaje en el Teatro Municipal, pero los homenajeados recibieron entradas solamente para las localidades altas, reservándose los palcos y plateas para los invitados oficiales: caballeros y damas de la aristocracia. En protesta, los agraciados -que en general provenían de estratos medios- no acudieron al homenaje, mientras el Dr. Orrego Luco presentó la renuncia a la Dirección de la Escuela de Medicina. A raíz de este episodio surgió la idea de crear un organismo que velara por los fueros estudiantiles. 

El episodio fue, desde otro punto de vista, una manifestación patente de lo que venía ocurriendo desde fines del siglo XIX: el acceso a la educación y la creciente presencia de nuevos actores y voces, particularmente de sectores medios en la educación superior.

Pero la Federación de Estudiantes, creada para defender la dignidad herida, pronto se involucró en temas de interés nacional. En 1907 se opuso activamente a un proyecto parlamentario que pretendía crear una Superintendencia de Instrucción en reemplazo del Consejo de Instrucción Pública, lo que fue concebido por los estudiantes como un intento de "dejar la función docente del Estado entregada a los azares y maniobras de la política". En los encuentros y refriegas con la fuerza pública los estudiantes se refugiaron en las trincheras del alcantarillado cuya construcción se había iniciado en la presidencia de Riesco. El proyecto del parlamento tuvo finalmente que ser archivado.

En 1911, junto con celebrarse el quinto aniversario de la Federación, se estrena la revista Juventud. En el discurso de ocasión, el presidente Alejandro Quezada señala que la Federación lleva cinco años de trabajo intenso "alimentado con el calor juvenil de una eterna y fecundante primavera": se trata -dice- de un programa "que va abriendo surco imborrable en la cultura del país". Efectivamente, con la mesada paterna, o con dineros que recolectan aquí y allá, la Federación mantiene, además de la revista, escuelas para obreros, un policlínico destinado a sectores populares en barrios apartados (en la época se hablaba de "sanatorio"), y una casa para estudiantes de provincia.

En una línea arielista, Quezada hace una ardua defensa de la juventud como depositaria de ideales y de sueños, como una etapa de la vida cuyo valor reside en la capacidad de no transigir con el principio de realidad, con lo que existe, abriendo en cambio la mirada hacia lo nuevo y hacia las posibilidades de cambio. "Nuestra acción -dice- es la lucha de la inteligencia que fecunda y produce contra el sentimiento que adhiere y conserva". "Ay de la Patria -dice- en que los jóvenes viven abdicando y abjurando de sus ideas, si viven pesando sus intereses momentáneos (y materiales), calculando favores y buscando el aplauso de los mismos a quienes combaten".

Llama a luchar contra "la desaparición de la espontaneidad del alma", contra el "culto del éxito" y "la aprobación ciega de todo lo que triunfe". "¿Es por ventura -pregunta- que el ideal está condenado a morir empujado por la realización de finalidades materiales?". Refiriéndose a los llamados a la juventud a ser realista y a dejar a un lado los sueños utópicos, responde: "¡No señores, el hombre es un ser que crea y produce, que fecunda y elabora y que al sentirse presionado en las estrecheces de la tierra quiere remontarse y llegar a las alturas!". Los sueños "no se entierran, y mientras la humanidad renueve eternamente la vida habrá quienes agiten y sacudan los pueblos...para seguir la Verdad en su vuelo cada vez más alto, para sentir de cerca su calor fortificante". Sólo hay -dice Quezada- dos alternativas para "la juventud estudiosa: o nos ponemos de rodillas para recibir el perdón por nuestras audacias... o nos ponemos de pie para mirar (con ánimo de lucha) y resueltamente el porvenir..."(27)

Hay varios aspectos de este discurso que merecen ser comentados. En primer lugar cabe señalar la vinculación del mismo con un sujeto y una acción social. A diferencia del ideario de Rodó, hay aquí un llamado a la lucha y al combate, además de una crítica convocante y despiadada a toda índole de complacencia y claudicaciones. Se trata por lo tanto no de un discurso culturalista y contemplativo a la manera del sabio maestro de Rodó, sino de uno de lucha y acción social. Este tono combativo irá in crescendo hasta la elección de Arturo Alessandri Palma, en 1920 y aun después, hasta la candidatura a presidente de Huidobro en 1925. La idea de que la inercia ante la vida es cobardía, y que la energía de la juventud engendra la grandeza de los pueblos, serán motivos recurrentes en los años venideros. Con la lectura de textos anarquistas y revolucionarios el tono de arenga y de combate se hace cada vez más ferviente.

La bohemia estudiantil antioligárquica y el anarquismo (con participación de obreros y artesanos) fue una marea ascendente, convirtiéndose en un destacado actor político y social junto al movimiento obrero en formación. Particularmente fue así a partir de 1918, en que asume como presidente de la Federación el joven radical Santiago Labarca, y como vicepresidente el estudiante de medicina y anarquista, Juan Gandulfo. Los hitos de esta lucha son bien conocidos (entre otros, el asalto a la Federación y las movilizaciones del año veinte a raíz de la muerte de José Domingo Gómez Rojas).

Rememorando esos días de lucha veinte años después, Santiago Labarca, se pregunta "¿Qué fuimos? ¿Quiénes fuimos?" y responde "un heterogéneo conglomerado de hombres de todas las edades, venidos de todas partes, y a los que impulsaban todos los sueños: obreros, artesanos, estudiantes, profesores, filósofos, políticos, artistas; unos pocos diletantes y ningún usufructuador". "¿Qué hicimos? : las fiestas de la primavera y la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional (primer intento político-social, por agrupar, en 1918, al conjunto de los movimientos sociales); el Club de Estudiantes, instalado en un palacio, y las grandes huelgas del carbón; las revistas Juventud (y Claridad) y el incendio en la Escuela de Farmacia. En síntesis: despertar la conciencia de la masa y el alma de los universitarios. ¿Qué destruimos? Infinitos prejuicios"(28). Fue, en definitiva, un movimiento estudiantil y social multifacético y plural en lo ideológico, un movimiento con un fuerte contenido contestario de cuño ético, y que jugó un rol decisivo en la caída del régimen oligárquico y en las características que asumió el triunfo de Arturo Alessandri Palma, sobre todo en su perfil de candidatura mesocrática, antioligárquica, populista y reformista.

Un segundo comentario que merece tanto el discurso del presidente de la Federación de Estudiantes de 1911, como también discursos posteriores, es la presencia en ellos de imágenes de vuelo. Giros como "elevarse", "llegar a las alturas", "volar cada vez más alto", se encuentran con frecuencia. Apuntan a no transigir con lo existente, con el principio de realidad, con el cálculo oportunista, apuntan por lo tanto a una dimensión ética. Pero no se trata de la des-materialización como un valor en sí, en el vacío, sino con un referente muy concreto: la posibilidad de usufructuar del régimen y de los valores imperantes en la república parlamentaria y oligárquica; se trata de una postura frente a "la decadencia y pérdida de anhelos de progreso y bienestar social que se inicia en 1891", desde la caída de Balmaceda.(29) Para los jóvenes, en las circunstancias estratificadas y corruptas en que se vive, lo que predomina es la medra, el oportunismo, la maniobra, el cohecho, la especulación, los intereses materiales, "elevarse" es por lo tanto oponerse sin claudicaciones a ese estado de cosas y hasta las últimas consecuencias. Lograr las "alturas" es des-materializarse, en la perspectiva de no dejarse untar por los intereses pecuniarios, por el barro, en un mundo en que hasta las diputaciones y senadurías tenían su precio. La caída equivaldrá a transigir y aceptar la realidad; caer equivale al espíritu de cencerro y de rebaño de quienes por mero cálculo agachan la cabeza sin protestar.

No estamos aquí ante el paradigma romántico ni modernista, aun cuando los giros referidos conserven ciertos rasgos de esa filiación; se trata, de un "elevarse" que es de índole más social que individual, que se ubica en el mundo moderno aunque también tiene, por sus connotaciones éticas, una dimensión individual. Hay que recordar que en la medida que el movimiento estudiantil fue convirtiéndose en un movimiento social plural, los estudiantes fueron motejados, hacia 1920, de subversivos, maximalistas, antipatriotas y vilipendiados como vendidos al oro del Perú (recuérdese el episodio del asalto a la Federación y la guerra de Don Ladislao).

Una tercera consideración que cabe hacer es la estrecha vinculación entre este movimiento estudiantil y el campo estético, particularmente el literario, pero también el plástico y musical. En las revistas de la Federación, tanto en Juventud como en Claridad, se promovieron con entusiasmo los nuevos valores considerados modernos, de arte nuevo o de vanguardia (la fluidez y vasos comunicantes entre estos tres ámbitos ha pasado en cierta medida desapercibida para la historiografía). Allí circularon textos o referencias a Verlaine, Baudelaire, Corbiere, Kropotkin, Nietzche, Bakunin, Proudhon, Marx, Jules Romains, Apollinaire y Rimbaud. En esas revistas se divulgó también el movimiento musical modernista francés, sobre todo a Debussy y a pintores locales con influencia cubista como Camilo Mori y el grupo Montparnasse. En las revistas estudiantiles colaboraron Pedro Prado, José Domingo Gómez Rojas, Pablo Neruda, Huidobro y el único crítico que -a diferencia de los críticos tradicionales como Omer Emeth- valoró sin prejuicios las nuevas corrientes o autores de la época, nos referimos a Fernando García Oldini. La FECH, en definitiva, fue vanguardia política pero también vanguardia artística: no es casual que en la revista Claridad, siguiendo a Dadá, se publiqué, en 1920, "El primer manifiesto Agú".

La articulación entre vanguardia política y vanguardia estética, será un rasgo que va a marcar la instalación y apropiación de la vanguardia en Chile y también la obra del más importante creador de avanzada y figura epónima del movimiento en el país: Vicente Huidobro. Este modo de apropiación de la vanguardia, tal como lo hemos mostrado en otra ocasión, explica la gestación a fines de la década del treinta del surrealismo de Braulio Arenas y del grupo Mandrágora, grupo que en un momento anacrónico con respecto al surrealismo internacional, se planteó como una vanguardia estética prerracional y a ultranzas (30), percibiendo a la política -e incluso a Huidobro- como una mera claudicación racionalista.

En la década del centenario se encuentran también poemas o discursos estéticos que son casi impensables si no se contextualizan en el movimiento de rebeldía que hemos descrito. Textos en que el lirismo social se combina con elementos vanguardistas. Por ejemplo, en 1913, el poeta José Domingo Gómez Rojas (1896-1920), publica, cuando apenas tiene 17 años, Rebeldías líricas, colección de poemas en que el tono contestatario apunta tanto a la sensibilidad imperante (modernista y academicista), como a la realidad social, asumiendo un tono de desafío muy similar al de los discursos estudiantiles:

"Mi verso rudo y fuerte no canta a las mujeres,
ni a los falsos amores, ni a modernos placeres,
ni místicos cantares mis rudos versos son;
mis versos son de lucha, escritos con mi diestra,
atrevido los lanzo a la roja palestra;
sean mis bronces versos gritos de rebelión"

En "Proemio", también de Rebeldías líricas, Gómez Rojas, que en el momento de su muerte, en 1920, era el poeta predilecto de la juventud y que fue, por las circunstancias en que falleció, el mártir del movimiento estudiantil, escribe lo siguiente:

"Quiero cantar la vida, quiero extender mis alas
hacia el espacio azul y cual cóndor salvaje
quiero subir, subir...
quiero quemar mis alas en el sol de la aurora
y quiero que mis cantos sean las profecías
del bello porvenir.

Para los explotados de músculos broncíneos,
para la juventud pléyade vigorosa,
de los modernos días
¡para ellos! mis graznidos de cóndor altaneros
¡para ellos! mis canciones y lamentos que son
líricas rebeldías
sean para los jóvenes y para los obreros
estas arengas mías".

Versos rudos y fuertes, versos gritones y rebeldes, muy distantes y contrarios a la estética modernista, a esa estética que quería versos suaves, rítmicos y elegantes, versos esculpidos y sensuales como la esfinge o el emblemático cisne (también diferentes a "Miserere", la poesía del dolor del propio Gómez Rojas). Ahora los reemplaza no el búho mexicano, sino el cóndor chileno, ave capaz de coger con sus garras a las ovejas y al espíritu de rebaño, ave capaz de elevarse hacia un espacio azul, pero que no es el azul de Darío, sino un azul de rebelión en que avanzan unidos multitud de jóvenes y obreros. Son versos rudos, tan rudos, que se convierten en arengas, arengas que por allí y por allá pagan tributo -con imágenes de sabor futurista- a los "músculos broncíneos". Se trata de versos en que el vuelo adquiere clara y expresamente un carácter de rebelión social y en que el poeta asume una voz de interlocutor de la humanidad. (31)

El mismo José Domingo Gómez Rojas en "Canto futurista"(32) habla de los mineros en las profundidades de la tierra y los compara con grandes transatlánticos; cuando con tono de arenga, dice :

"Vosotros los rebeldes de los gestos soberbios
de las testas triunfantes y los potentes nervios
que domináis las ancas del viento y que en los potros
de la electricidad y en la locomotora
queréis cargar al sol con todas sus auroras
porque ya estáis cansados de hollar con vuestros rostros
la tierra y que queréis dominar los astros".

 

Se trata de un claro ejemplo, escrito probablemente entre 1913 y 1915, en que se articulan imágenes futuristas frecuentes en los seguidores de Marinnetti, con elementos netamente contestatarios.

Vinculado al movimiento estudiantil se desarrolla y perfila -como vimos en el discurso de Quezada- un marcado espíritu antiburgués, que empalma con el espíritu antiburgués que se encuentra en el modernismo en el campo del arte. En 1915, Ernesto Guzmán en un artículo sobre "Un poeta atormentado", opone -recurriendo al imaginario aéreo- a "los utilitaristas" o burgueses actuales, ("los enamorados de la acción productiva a toda costa, de esa que ha de resolverse en riqueza material"), les opone, decíamos, el arte y la emoción estética. "Una emoción estética -dice- nos hace olvidarnos de todo lo que signifique mezcla de barro humano; eleva nuestro espíritu a una alta aspiración de belleza y como consecuencia inmediata, tonifica y encumbra nuestra visión moral"(33). Este espíritu antiburgués que se identifica con la estética va a tener una presencia fundamental en la vanguardia. Lo burgués más que una categoría sociopolítica fue para la vanguardia una categoría espiritual. De hecho, hacia 1920, la vanguardia internacional en sus múltiples expresiones, tiende a concebirse como el único espacio moral y estéticamente válido, como un espacio en contradicción con el mercado, con la industria cultural y con el espíritu utilitarista y burgués. (34)

Huidobro, en 1912, cuando apenas tiene 19 años, en Musa Joven, revista creada por su madre y dirigida por él, rescata de Darío y Nervo la sinceridad y el desprecio de las normas y de la retórica "esas leyes", dice, son para el vulgo, "para los que marchan en rebaño y al son del cencerro... los que (como yo) tienen alas fuertes para volar, no deben aceptarlas". En la revista Azul de 1913, creada y dirigida por él, aparecen diversos gestos rebeldes e iconoclastas. En el Nº 3 critica a Omer Emeth porque propicia la vuelta a los clásicos: "en los tiempos del aeroplano, del ferrocarril y del automóvil quiere que volvamos a la carreta". Pero también vapulea en términos sociales la mentalidad arribista de "aquellos que menean la cola ante el amo" y "mueren pujando por subir".(35)

En el Chile señorial del parlamentarismo, decir "amo" implica decir sociedad oligárquica, fronda aristocrática, sector que ostentaba todo el poder político, económico y social. El joven Huidobro, con apenas 20 años, se suma así al gran movimiento crítico frente a un modelo de sociedad que se agota, plegándose a otro distinto que empieza a emerger desde sus propias entrañas, liderado fundamentalmente por los estudiantes, por la bohemia artística y por grupos de obreros y artesanos. 

El planteamiento creacionista de Huidobro: crear algo nuevo sin transigir con la copia o imitación naturalista de la realidad, sin claudicar ante la tradición, ni con los fósiles ni con los clichés literarios, exhibe un interesante paralelismo con los planteamientos político-sociales, y con el discurso de la des-materialización del movimiento estudiantil: ambos, desde sus respectivos reductos, como si fueran dos vertientes de un mismo pájaro, baten alas. Cabe, en esta perspectiva, recordar la teoría del poeta concretista brasileño, Decio Pornatari, quien sostiene lo que llama I.C.C. o teoría de los Impulsos Creativos Contextuales, según la cual, cualquier individuo o grupo puede optimizar su capacidad de competencia y desarrollo si los tiempos, los espacios y circunstancias le son propicios.(36)

La vertiente de renovación estética surge, por lo tanto, con el anhelo de cambio y renovación política y en medio del ascenso de nuevos sectores sociales que buscan incorporarse como actores en los múltiples planos de la vida del país. En esta perspectiva no resulta extraño que en 1925 se haya proclamado la candidatura de Vicente Huidobro a presidente de Chile, luego de la creciente desilusión y los compromisos en que entró el gobierno de Arturo Alessandri Palma. El poeta tiene 32 años, y recién ha regresado de una de sus estadías en Francia, dirige -apoyado por algunos jóvenes de las Fuerzas Armadas- el periódico Acción, en que confluyen el vanguardismo estético, la actitud adánica y lúdica, con el "engagement" político. "Mi anhelo más alto -proclama Huidobro- es crear un país". El poeta aplica el creacionismo y el imaginario del vuelo (se trata del "anhelo más alto") a dos ámbitos: el poético y el histórico. Se trata de reformar el arte ("inventa mundos nuevos" dice en "Arte poética") y, al mismo tiempo, transformar la sociedad: "crear un país".  

El clima adánico, lúdico y rebelde que rodea la candidatura de Huidobro, logra concitar el apoyo de distintos sectores de la juventud; pero ese apoyo en el momento de votar no basta. Se deja instalada, sin embargo, en el imaginario, la figura del poeta-presidente. Como dice un cronista de la época, la postulación de Huidobro fue un paréntesis refrescante en la seriedad acartonada y en el drama solapado de las contiendas electorales.

Contexto Cultural y Textos Críticos
Contexto Cultural y Textos Críticos